Van der Poel logra la victoria en el Philipsen Tour

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Quienes le conocen bien aseguran que Javier Guillén, director de la Vuelta, si pudiera no pondría un sprint o una contrarreloj en la ronda española, a no ser que fuera cuesta arriba. Es uno de los artífices de esta revolución que se ha producido en el ciclismo en los últimos años y que todo el mundo sigue, menos el Giro, que este año aburre al máximo. El Tour, dueño de la ronda española entre otras carreras, ha tomado nota de lo que ocurre en España y por ello se ha envalentonado en intentar eliminar en la medida de lo posible las llegadas masivas y situar, por ejemplo, la subida al Tourmalet, en la sexta etapa, algo impensable hace poco tiempo.

Los velocistas saben que son una especie en peligro de extinción. No les pasará como a los dinosaurios, porque si organizas una carrera en 21 etapas no puedes aplastar todos los días a los favoritos y deben tener etapas como la de este lunes para recuperarse del explosivo debut en Euskadi. De hecho, la tercera etapa no partía del País Vasco, sino que iba de sur a norte, para llegar a una bella -y vasca- ciudad como pocas, Bayona, famosa por su jamón y su chocolate.

Este era el lugar que los velocistas habían marcado en rojo, porque la verdad es que no deberían gastar mucha tinta en sus rotuladores, si es que los tienen, escribiendo metas donde se puedan colocar. Si eres generoso, cuatro sprints y un poco más, incluyendo los Campos Elíseos, esperan a los amantes de la velocidad.

Y, sin embargo, la lista de velocistas inscritos en el Tour es excelente porque, aunque haya pocas ocasiones, nadie quiere desaprovecharlas, porque los buenos velocistas cuestan mucho: Jasper Philipsen (el primero en marcar el gol), Fabio Jakobsen, Phil Bauhaus, Mads Pedersen, Biniam Girmay, Caleb Ewan y dos viejas glorias que se jubilan este año, nada menos que Mark Cavendish y Peter Sagan.

En Bayona triunfó Philipsen, en una etapa donde no pasó nada, con una huida consentida y capturada, con ikurriñas en el aire como había sucedido en el sur del País Vasco, y con sol y calor tras dos jornadas incómodas por la lluvia intermitente. Y es que el piloto belga tiene un plus especial. Sin un buen tirador, el que te protege desde el aire, el que te impulsa hacia adelante, el que te abre el camino a una velocidad de vértigo, no puedes ganar un sprint y mucho menos en el Tour. Philipsen tiene a Mathieu van der Poel y es como si fueras un delantero y tienes a Leo Messi para darte la última asistencia.

Van der Poel no soltó sus anillos, pudiendo evitar involucrarse en un sprint, que ganó este año la Milán-San Remo y la París-Niza por algo y es campeona del mundo de ciclocross. Pero no, tras dos días escondido en el País Vasco, decide pasar a la acción en el sprint final, olvida el peligro que siempre suponen este tipo de etapas, y decide empujar a su compañero Philipsen hacia la victoria; vamos, como si se hubiera puesto detrás de una moto… pero no una moto cualquiera, sino una MotoGP. Ganó y este martes podría repetir la llegada de Nogaro, en una etapa que servirá para recordar a Luis Ocaña por los territorios donde solía entrenar.

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